AFRICOM: MILITARIZACIÓN SIGILOSA

por Jorge Luis Rodríguez González

La estrategia de la intervención militar de Estados Unidos en África es combinar el poder suave (el del falso humanitarismo) con el poder duro (el de las armas).

El fracaso de la política exterior del irracional Bush, pone a pensar al Congreso de Estados Unidos sobre la puesta en práctica del comando militar estadounidense para África (AFRICOM).

En una audiencia sobre AFRICOM, celebrada recientemente por el subcomité de seguridad nacional y asuntos exteriores, el representante demócrata John F. Tierney planteó la preocupación de que el nuevo comando sea otro de los brazos de la militarización de la política exterior norteamericana. Y cuestiona a Theresa Whelan, vicesecretaria adjunta de Defensa para asuntos africanos, quien había manifestado que «este temor es infundado».

Pero parece que funcionarios de un mismo departamento no se ponen de acuerdo, o como dice una frase popular, la mentira tiene patas cortas. El secretario de Defensa, Robert Gates, había dicho que los militares norteamericanos se habían convertido en responsables de actividades que antes eran competencia exclusiva de agencias civiles, lo cual preocupaba a estas instituciones que ya hablan de una «militarización sigilosa» de la política exterior norteamericana. Y valida la sospecha: «esto no es un sentimiento totalmente irracional (...) En los últimos años, las líneas que separaban la guerra, la paz, la diplomacia y el desarrollo se han vuelto más borrosas».

Entonces AFRICOM no es la agencia humanitaria que pretende vender el mando militar, en alianza con el corporativismo estadounidense, ni está pensado para resolver problemas de África como la pobreza, la seguridad, y mucho menos para eliminar a ese «enemigo común» que es el terrorismo. La presentación de estas presuntas misiones por parte del general William Ward, comandante del proyecto, sobran en una audiencia en el que todos los presentes conocen los verdaderos móviles de la iniciativa: controlar el petróleo y otras riquezas africanas.

Y una de las máscaras que tiene Bush para esconder ese ambicioso deseo es precisamente «la diplomacia con traje de campaña» o los límites cada vez más difusos entre la diplomacia y la falsa guerra contra el terrorismo emprendida hace siete años. En su afán de encontrar un enemigo que le permita justificar la intervención militar y controlar las riquezas ajenas, Bush decidió mirar a África, región que, según criterios expresados en la audiencia congresionista, se está convirtiendo en «un caldo de cultivo y en un refugio seguro para los terroristas», incluida Al Qaeda, como mismo dijeron ocurrió en Iraq y Afganistán.

La estrategia a seguir por el Pentágono en África es el camuflaje de la intervención militar con acciones humanitarias. AFRICOM debe utilizar «el poder inteligente y suave» y combinarlo con «el poder duro» (el de las armas), en una relación de equilibrio, dijo el representante Christopher Shays.

Por el momento, los militares construyen escuelas, hacen consultas médicas en los poblados rurales africanos, distribuyen alimentos y medicinas, al mismo tiempo que crean las condiciones para establecer definitivamente la sede de su cuartel, mediante la capacitación de militares del continente y la realización de operaciones conjuntas, la mayoría en regiones ricas en petróleo como el Golfo de Guinea.

Este último asunto sigue complicado para Washington, pues muchos gobiernos locales observan recelosos su absorbente presencia en África. La única nación que abiertamente se ha ofrecido como anfitriona del cuartel militar es la pronorteamericana Liberia, pero no ha recibido respuesta oficial a su bondad, al parecer por la fuerte oposición que ha tenido AFRICOM en el continente. Esto indujo a Bush a declarar en su última gira por África que no tenía intenciones de convencer a sus homólogos de instalar allí una base militar, aunque no dejó de mencionar la posibilidad de emplazar una especie de oficina, basada en lo que llamó un «nuevo concepto», que en esencia es el matrimonio entre el mando militar y las agencias civiles por el que aboga el Departamento de Defensa como una de las fórmulas para que sus operaciones tengan el éxito deseado por la política de la Casa Blanca, que tan bien combina el poder militar y las transnacionales.

Ante estas complicaciones, las manijas de seda con las que el Pentágono quiere disfrazar las manos de sus militares, es un instrumento muy eficaz para disipar las sospechas.

Esperemos a octubre. Para ese entonces, poco antes de que Bush empaque totalmente, puede heredarle a su sucesor la institucionalización de la guerra y el robo en el continente más pobre del mundo, siempre con el cálido matiz del humanitarismo.