LA CRISIS FINANCIERA MUNDIAL DE LA PRIMAVERA (AUSTRAL) DEL 2008

por Alain de Benoist   -  
www.alaindebenoist.com

enviado por El Cartero Petras  -   http://elcarteropetras.blogspot.com



A menudo se afirma que el capitalismo es sinónimo de crisis, que se nutre de las crisis que él mismo provoca, y que su « facultad de adaptación » no tiene límites, dando así a entender que resulta indestructible. En realidad, hay que distinguir las crisis cíclicas., coyunturales (son conocidos los célebres « ciclos Kondratieff ») y las crisis sistémicas, estructurales (como las que ocurrieron entre 1870 y 1893, a partir de la Gran Depresión de 1929 o entre 1973 y 1982, cuando la desocupación estructural apareció en los países occidentales). No hay duda, respecto de la crisis financiera actual, que estamos ante una crisis estructural, correspondiente a una ruptura de la pertinencia lógica y de la coherencia dinámica del conjunto del sistema. Llega tras las crisis del mercado accionario de 1987, la recesión norteamericana de 1991, la crisis asiática de 1997, la explosión de la burbuja de los « punto.com » de 2001 y resulta, evidentemente, la más grave conocida desde los años 30 del siglo pasado.

La mayor parte de la gente no comprende gran cosa de lo que está pasando. Durante tantos años se les ha exaltado los méritos del « modelo norteamericano » y los beneficios de la « globalización dichosa » y ven ahora el modelo norteamericano hundirse y la globalización acrecentar la miseria social. El espectáculo de los Bancos Centrales tanto en los EE.UU como en Europa, que han inyectado, desde el 15 de septiembre pasado, centenares de miles de millones de dólares en los mercados financieros, los vuelve cavilosos : ¿de dónde viene todo ese dinero? Los interrogantes se nutren, además, de la sensación de que nadie parece saber verdaderamente qué se puede hacer. El relativo silencio de la mayor parte de los hombres públicos resulta a este respecto muy significativo. En fin, la gente se pregunta si esta crisis era o no previsible. Si lo era, ¿por qué no se hizo nada antes ? Si no lo era, « no resultaría la prueba de que nadie conduce un sistema financiero lanzado en una loca carrera hacia adelante ?

Nos enfrentamos a una triple crisis : crisis del sistema capitalista, crisis de la globalización liberal, crisis de la hegemonía norteamericana.

La explicación habitualmente avanzada para interpretar la crisis actual es el endeudamiento de los hogares norteamericanos por vía de los préstamos hipotecarios (las famosas hipotecas sub prime). Se olvida mencionar, tan sólo, por qué aquellos hogares se endeudaron.

Uno de los rasgos característicos del « turbocapitalismo », correspondiente a la tercera ola de la historia del capitalismo, es el dominio completo de los mercados financieros globalizados. Este dominio otorga un poder acrecido a los tenedores de capital, y más particularmente a los accionistas, que son hoy los verdaderos propietarios de las sociedades que cotizan en Bolsa. Deseosos de obtener rendimientos máximos lo más rápido posible de sus inversiones, los accionistas empujan a la reducción de los salarios y a la relocalización oportunista de la producción hacia países emergentes, donde el aumento de la productividad va de la mano con costos salariales muy bajos. Resultado : por doquier, el aumento del valor agregado aprovecha los beneficios del capital antes que a los ingresos del trabajo, traduciéndose la deflación salarial por el estancamiento o la baja del poder adquisitivo de la mayoría, y la disminución e la demanda solvente global.

La estrategia actual de la Forma-Capital es, pues, la de comprimir cada vez más los salarios y agravar de continuo la precariedad del mercado de trabajo, lo que produce una pauperización relativa de las clases populares y medias que, con el objeto de mantener su nivel de vida, no tiene a la mano otro recurso que endeudarse, aunque su solvencia disminuya.
La posibilidad ofrecida a las familias de obtener préstamos para cubrir sus gastos corrientes o adquirir una vivienda fue la mayor innovación financiera del capitalismo de posguerra. Las economías fueron estimuladas entonces por una demanda artificialmente fundada sobre las facilidades del acceso al crédito. En los EE.UU. esta tendencia resultó acicateada desde los años 90 por el otorgamiento de condiciones de crédito cada vez más favorables (aporte personal cercano al 0%), sin tenerse en cuenta la solvencia de los deudores. Se buscó as compensar la baja de la demanda solvente por la compresión de los salarios a través del impulso a la máquina de otorgar créditos. En otras palabras, se estimuló el consumo a través del crédito, ante la imposibilidad de estimularlo a través del aumento del poder adquisitivo. Era el único medio, para los tenedores de paquetes financieros, de encontrar nuevas vetas de rentabilidad, aunque fuese al precio de riesgos considerables.

De allí el superendeudamiento asombroso de los hogares norteamericanos, que desde hace rato eligieron consumir antes que ahorrar (mientras que el 17% de la población está desprovista de toda cobertura social). Los hogares norteamericanos están hoy dos veces más endeudados que los hogares franceses y tres veces más que los italianos. El sobre endeudamiento, prácticamente, iguala el PBI norteamericano.

Luego, se ha especulado con esos “créditos podridos” por medio de la “securitización”, que permitió a los grandes actores del campo crediticio descargarse, volviéndolos líquidos, de los riesgos de insolvencia de sus deudores. La “securitización”, que es otra de las grandes innovaciones financieras del capitalismo de posguerra, consiste en cortar en tajadas, llamadas securities u obligaciones, los préstamos acordados por un banco o financiera; estas obligaciones se revenden luego a otros agentes financieros pertenecientes al mundo de los fondos de inversión, que, a su vez, las colocan entre los inversores. Se crea, así, un vasto mercado de crédito, que es, a la vez, un mercado de riesgo. El hundimiento de este mercado es el que ha provocado la crisis actual.

Pero esta última es, también, una crisis de la globalización liberal. La transmisión brutal de la crisis hipotecaria norteamericana a los mercados europeos es el fruto directo de una globalización concebida y realizada por los aprendices de brujo de las finanzas. Más allá de su causa inmediata, constituye el desemboque de cuarenta años de desregulación exigida por un modelo económico globalizado conforme las recetas liberales. En efecto, es la ideología de la desregulación la que hizo posible que superendeudamiento norteamericano, tal como ella fue la causa de las crisis mexicana (1995), asiática (1997), rusa (1998), argentina (2001), etc. Por otra parte, s también la globalización la que creó una situación en la cual las crisis se propagan casi instantáneamente al resto del planeta, de manera “virósica” habría dicho Jean Baudrillard. Por eso, la crisis norteamericana afecto con tal rapidez los mercados financieros norteamericanos, comenzando por los mercados de crédito, con todas las consecuencias que puede tener semejante onda de choque en un momento donde tanto la economía norteamericana como la europea se encuentran al borde la recesión, si es que no han entrado ya en la depresión.

Desde este punto de vista, resulta casi irresistiblemente cómico observar cómo aquellos que no cesaban de alabar los méritos de la “mano invisible” y las virtudes del mercado “autorregulado” (“es el mercado el que debe ocuparse del mercado”, se leía habitualmente en el Financial Times) se precipitan ahora hacia los poderes públicos para pedirles su recapitalización o su nacionalización de hecho. Es el viejo principio de la hipocresía liberal: privatización de los beneficios y socialización de las pérdidas. Se sabía ya que los EE.UU., grandes defensores del librecambio, no se han privado jamás de recurrir al proteccionismo cada vez que resultaba funcional a sus intereses. Se ve ahora cómo los adversarios del “big government” se vuelve hacia el Estado cuando están al borde la quiebra. La nacionalización de hecho de Fannie Mae y de Freddie Mac, los dos gigantes del préstamo hipotecario en los EE.UU., representa, desde este punto de vista, un hecho sin precedentes. Mientras que en 1929 el gobierno norteamericano cometió el error de confiar la gestión de la crisis a un “sindicato de banqueros” dirigido por Rockefeller, el secretario del Tesoro, Henry Paulson, y Ben Bernanke, presidente de la Reserva Federal, decidieron nacionalizar las instituciones más amenazadas. Decisión única en la historia de los EE.UU desde la época de Ronald Reagan, y la intervención más radical jamás efectuada en el mundo privado de las finanzas en toda la historia de la Reserva Federal. Puede verse allí un regreso brutal al principio de realidad. Pero también, para la ideología liberal, el hundimiento de uno de sus principios legitimadores: la esfera pública no debe interferir jamás en los mecanismos de mercado, so pena de disminuir su eficacia.

No debe perderse de vista, en fin, que esta crisis mundial tiene su origen en los EE.UU., es decir, en un país que debe ya enfrentar un déficit presupuestario abisal, una deuda externa que no cesa de crecer y un déficit comercial colosal. Desde hace diez años, la economía norteamericana no tiene como motor de crecimiento la producción real, sino la expansión de la deuda y la renta monetaria resultante del dominio mundial del dólar. El endeudamiento total (deuda pública + deuda de hogares + deuda de empresas) representa hoy el equivalente al 410% del PBI (cuyo monto es de 13.000 billones de dólares). ¡Y el plan Paulson contribuirá aún más a agravar el déficit!

Entonces, la crisis no puede sino contribuir a erosionar la confianza en el dólar, que será, probablemente, cotizado a la baja. El hecho de que dólar sea, a la vez, una moneda nacional y una unidad de cuenta internacional que, a más, está liberado de todo respaldo en oro desde 1971, ha permitido a los EE.UU., durante mucho tiempo afirmar y hacer pesar su hegemonía mientras sus déficit engrosaban a ritmo colosal. Para ello, los norteamericanos exportaron sistemáticamente sus títulos hacia los países superavitarios. En el futuro, la inquietud de los grandes fondos de inversión públicos y privados que, especialmente en Asia, son titulares de considerables cantidades de títulos públicos y parapúblicos norteamericanos (bonos del tesoro, etc.), será determinante. Al momento, el 70% de todas las reservas extranjeras en el mundo están en dólares. Esta masa de títulos, desde hace mucho, no mantiene la menor relación con el volumen real de la economía norteamericana. En los próximos años, no resulta descartable que los países exportadores de petróleo abandonen poco a poco el dólar (los famosos “petrodólares”) y lo sustituyan por el euro. En el largo plazo, esta situación podría conducir a que países como China o Rusia se postulen para ponerse a la cabeza de responsabilidades financieras internacionales, y hasta que se concierten para encarar un proyecto alternativo al del orden financiero internacional actual. George Soros, el otoño último, lo dijo sin ambages: “el mundo empuja hacia el fin de la era del dólar”.

Por ahora se afirma que sería suficiente con “regular” o “moralizar” el sistema para evitar esta clase de crisis. Los políticos, comenzando por el primer ministro francés François Fillon y el presidente Nicolas Sarkozy, hablan de “extravío” de las finanzas, mientras que otros estigmatizan la “irresponsabilidad” de los banqueros, dejando así entender que la crisis no se debe sino a una insuficiencia de reglamentaciones y que, retomando prácticas más “transparentes” se podría retomar un capitalismo menos voraz. Es un doble error. Primero, porque es –precisamente- la impotencia de los políticos para afrontar la crisis de eficacia del capital la que desbrozó el camino para la liberalización total del sistema financiero. En segundo lugar, y ante todo, porque sería ignorar la naturaleza misma del capitalismo. “El capital percibe todo límite como una traba”, afirmaba ya Karl Marx. La lógica de la acumulación del capital es la ilimitación, el rechazo a todo límite, el incautamiento del mundo por la razón mercantil, la transformación de todos los valores en mercancías, la Gestell1 de la cual hablaba Heidegger.

La adopción del plan Paulson era, ciertamente, necesaria, pero tendrá sin duda efectos perversos. En efecto, si los bancos y las grandes sociedades al borde de la quiebra resultan de antemano aseguradas de que los poderes públicos acudirán a sostenerlas financieramente, ello representa una incitación indirecta a que las mismas disfunciones se reproduzcan, desembocándose así en nuevas crisis especulativas.

1 ) Gestell equivale en alemán, literalmente, a “armazón” o “pedestal”. Para Heidegger significa el uso que el hombre moderno hace de la técnica como forma de incautarse de la Naturaleza a la que considera un yacimiento a su servicio (N del T).

En lo inmediato, resulta significativo que ni las inyecciones de liquidez provenientes de la Reserva Federal y de los bancos centrales, ni la adopción del plan Paulson hayan provocado en los mercados la reacción positiva que se descontaba. Es una clara demostración de los límites de una política puramente monetaria.

En las fases de sobreacumulación de capital, el refuerzo del poder financiero se convierte en la palanca determinante de toda estrategia apuntada a aumentar la rentabilidad del capital. Más allá de las finanzas, de hecho resulta la regulación de la totalidad de la economía por el criterio único de la ganancia, sin considerar los factores humanos, las vidas trituradas, el agotamiento de los recursos naturales, los costos no mercantiles (las “externalidades negativas”) que son cuestionados por la crisis financiera. La causa final de esta crisis es la búsqueda de la ganancia financiera más elevada posible en el mínimo de tiempo posible; esto es, la persecución del máximo aumento del valor de los capitales comprometidos con exclusión de cualquier otra consideración.

Por un efecto dominó, ¿puede la crisis conducir a cierto plazo a la ruptura de la cadena de pagos entre los agentes económicos y, entonces, al hundimiento de todo el sistema financiero mundial? No estamos aún en ese caso. Es posible que las medidas tomadas en las últimas semanas resulten suficientes para evitar que el sistema financiero se derrumbe completamente. Pero, en el mejor de los casos, la crisis económica va a mantenerse de modo duradero, con una recesión (y hasta una depresión) en los EE.UU y un fuerte retroceso en Europa, que habrá d provocar un aumento de la desocupación. Debería resultar de ello una baja importante de ganancias, que repercutirá inevitablemente sobre los mercados y las Bolsas. Contrariamente a lo que se afirma a veces, el vínculo entre la economía especulativa y la economía real es bien real, precisamente. En efecto, las empresas dependen del sistema bancario, cundo menos para obtener crédito destinado a sus inversiones. Ahora bien, la crisis produce que los bancos, debilitados por la acumulación de deudas impagas surgidas del negocio inmobiliario reduzcan hoy brutalmente su oferta de créditos (es el credit crunch). Las consecuencia políticas y sociales se harán presentes muy pronto.

Las dificultades recién comienzan.

Traducción de Luis María Bandieri