EN VÍSPERAS DEL BICENTENARIO

ARGENTINA: LA GUERRA ENTRE BOROCOTÓS Y TALIBANES

por Marcos Ghio

 

Una de las características de los últimos tiempos de democracia en la Argentina, hoy a punto de cumplir los 200 años  de vida, es la introducción en nuestra lengua de una serie de léxicos nuevos muchos de ellos hechos famosos a partir de la conducta asumida por alguno de sus representantes más significativos. Y dentro del conjunto florido de tales innovaciones debe destacarse la aparición de una palabra surgida a partir de la actuación de un cierto diputado que obedecía al sobrenombre de Borocotó, y a partir de la cual luego ha emanado un numeroso conjunto de verbos y adjetivos, tales como borocotizar o borocotizado, o simplemente borocotismo para calificar todos ellos un fenómeno recurrente en la democracia cual es la asociación estrecha entre el dinero y la política. Se hizo famoso en este caso el tal Borocotó en tanto que, al día siguiente de haber obtenido su elección y sin esperar siquiera a que tuviese que ir a jurar el nuevo cargo, presa de una gran urgencia que indudablemente lo había motivado a escoger tal destino, se cambió inmediatamente de bando pasando a ser de miembro del principal partido opositor a un entusiasta integrante del bloque oficialista. Se supo luego, en tanto que el mismo lo habría corroborado, que habría efectuado tal pirueta por razones estrictamente económicas y de 'necesidad' pues habría explicado que, en tanto no se trataba de alguien poseedor de una fortuna personal, si quería dedicarse seriamente a la política no se podía ser pobre. Pero este fenómeno que ha pasado a la notoriedad en razón principalmente por lo pintoresco del nombre aquí aludido, no es novedoso ni exclusivo en la actual democracia. Tiempo atrás, en 1982, en el mismo momento en que se estaba peleando en las islas Malvinas, a pocos kilómetros del lugar, en la sureña ciudad de Río Gallegos, la joven esposa de un abogado famoso en ese entonces por haber hecho mucho dinero a costa de ahorcados deudores morosos, fue interrogada por un colega de éste si no se sentía molesta por el sobrenombre de Shylock que se le había dado a su marido. Le contestó que se trataba de un sacrificio que debían hacer si es que querían dedicarse a la política luego de la inminente victoria británica. 'Si no hay dinero, es imposible ser político', expresaba con total franqueza y 'realismo' la joven también abogada. Pero tal cosa no era sino traducir a un lenguaje cotidiano un apotegma del movimiento al que tal matrimonio pertenecía. En tanto 'la realidad es la única verdad', es ésta la que nos muestra que sin dinero no se puede triunfar. Lo que se podría reiterar también de este modo: '¿No les gustan mis principios? Tengo otros'. O como diría un colega suyo del mismo movimiento, también convertido en presidente como el aludido matrimonio. 'Si hubiera dicho todo lo que iba a hacer nadie me votaba'.

Digamos al respecto que la gran diferencia que existe entre la democracia y un régimen normal es que mientras que este último pretende gobernar al pueblo y por lo tanto corregirlo en sus defectos, el demócrata en cambio explota a estos mismos en provecho propio a fin de triunfar electoralmente. El peronismo, al cual han pertenecido casi todos los mandatarios que ha tenido nuestra historia en el último siglo de democracia, no es sino la expresión de una de las características propias más negativas de nuestra idiosincrasia nacional cual es 'la viveza criolla' llevada esta vez al terreno de la política siendo de tal modo una expresión cabal de nuestra democracia.

Retornando ahora a la anécdota aquí aludida digamos que 28 años más tarde la pareja de abogados demócratas y peronistas, habiendo hecho mucho dinero, pudo triunfar en política y comprarlo finalmente a Borocotó y a tantos otros de igual condición aunque sin un nombre tan pintoresco, en modo tal de haber inaugurado la etapa última del sistema, consistente en la borocotización que no es sino el sinceramiento del régimen peronista, inaugurado primeramente por el gran vivo, y luego seguido por los vivos menores y consecuentes, tales como Menem, los Kirchner, Duhalde, etc.
Dicho todo esto queremos destacar que sin embargo nosotros no somos pesimistas, no creemos que la 'realidad' sea la única verdad y que debamos resignarnos a tal situación irreversible de tener que vivir en función del dinero y la economía; proponemos primeramente, ya que hemos partido de la esfera del lenguaje, un léxico nuevo para contraponer al de borocotó como su antítesis absoluta. Se trata del talibán. Si el borocotó es el político entendido a partir del dinero, el talibán es por el contrario la política comprendida como opuesta a tal objeto; no por casualidad no hay talibanes peronistas y a su vez éstos se han encargado desde diferentes áreas de descalificar a tal movimiento. Y tal situación se acaba de ver hace pocos días en Londres mientras estaban reunidos 70 países para ver cómo se terminaba de ocupar Afganistán luego de una guerra que ya lleva 8 años y con una crisis interminable y agobiadora para las economías del 'mundo libre' y más aun cuando su presidente Karzai decía que si seguían las cosas así había para 15 años más. Ante lo cual, para salir del atolladero, alguien, posiblemente pensando en nuestro país, sugirió aplicar la hipótesis borocotó. Es decir, a semejanza del aludido caso argentino, darles plata a los talibanes para que abandonen la guerra y hagan democracia. Ante lo cual
el Mullah Omar no solamente emitió un comunicado manifestando no estar dispuesto a 'dialogar', sino que para que no quedaran dudas respecto de sus intenciones, envió a siete kamikazes a la ciudad de Laskhar Gah en donde estaban concentradas tropas inglesas y norteamericanas para que por 8 horas lucharan hasta morir. El mensaje fue pues contundente, quien hace una cosa semejante no cabe duda alguna de que no es un borocotó, quien por el contrario solamente actúa por dinero.

Si bien resulta lamentable constatar hoy en día que, en tanto vivimos una etapa terminal, estamos rodeados de borocotós en la República Argentina, quienes obviamente hoy quieren celebrar alborozados la 'revolución de mayo' en tanto desean convencernos de que no hay más remedio que ser como ellos son, queremos sin embargo aportar el consuelo de que también tuvimos a nuestro talibán. Tal como nos acaba de señalar el periodista Pacho O'Donell en un reciente libro sobre Rosas, este último hace cerca de 200 años, cuando contaba con 17 de edad, no quiso participar de dicha revolución pues la consideró como una revuelta de herejes e iluminados. Que se trataba por lo tanto, más que de una revolución, de un golpe de Estado cívico militar contrario a las propias tradiciones con la finalidad aviesa de establecer el libre comercio con Inglaterra, el que había expresamente vedado el antecesor virrey Cisneros. Como buen talibán, Rosas no quiso mezclar la política con el dinero, sino con bienes y valores espirituales en tanto que él no era un borocotó. Esperó pues unos 20 años hasta que se desgastara tal movimiento democrático para hacer una revolución restauradora que expulsara del poder a los borocotós de entonces. Cosa que obtuvo no sin tener que padecer, como los talibanes ahora, los ataques de las principales potencias del planeta, en ese entonces Inglaterra, Francia y el Brasil con la alianza de nativos del bando unitario, que eran los Karzai de ese entonces. Hoy los talibanes se enfrentan también con las actuales, tales como EEUU, Rusia, China, la Unión Europea. También éstos querían aquí establecer el libre comercio y la democracia a cañonazos, tal como se viviera en Obligado y Tonelero. Pero Rosas, como el Mullah Omar, no flaqueó y resistió durante al menos 20 años. Pero lamentablemente el último capítulo se cerró con la aparición de un borocotó en escena, en este caso el talibán al que hoy se quiere vanamente comprar en Londres, pero que en ese entonces apareció uno aquí en la Argentina. Urquiza, nuestro borocotó arquetípico, vendió por dinero su traición a Rosas quien luego morirá en el exilio y en la pobreza pues, una vez más, en tanto no era un demócrata no pensaba en el dinero.

Bueno, entonces no flaqueemos, tenemos ya la palabra justa, el antecedente histórico, ahora se trata de rememorar a nuestra manera el bicentenario.