DON SIMON: DE CENICIENTO, Y SIN ESCALAS, A BARON DE MÜNCHHAUSEN

(No me vengan a decir que es poca cosa para este coso)

 

Un pequeño introito a modo de tentempié

Es muy difícil que en nuestros tiempos exista persona alguna que no haya escuchado, aunque más no sea someramente,  del polaco don Simón Wiesenthal, el implacable cazador de nazis y, por tal motivo un Benemérito de la Humanidad. Pero como se ve, éste era poco y, sobre el pucho la escupida: apareció Beate Klarsfeld, miembro de la terrible organización sionista Sherit Hapleitá (con la invalorable ayuda de su marido Serge Klarsfeld), quien se dedicó con ahínco a ser cazadora de nazis (el caso Klaus Barbie, en Bolivia es el mayor de sus éxitos), a la par de denunciar la aparición de líderes nazis en Hispanoamérica, entre los cuales se encontraba nuestro General Juan D. Perón y otros fascistas de alcurnia, que da siempre la casualidad o son peronistas o son nacionalistas. Del otro lado: liberal y bolchevique no encontraron uno. Y, en el fondo, es este el motivo por el cual les dedico, como un caballero que soy,  a estos dos cazadores, los renglones que siguen. Es decir, les devuelvo la gentileza, aunque sin necesidad de tornarme macaneador.

Cita la literatura infantojuvenil, aquella que nos hacían leer nuestros maestros en la época nefasta del Tirano Prófugo, al Barón de Münchhausen como el mayor mentiroso que haya existido sobre la faz de la tierra en todos los tiempos, a extremo tal que le mató el punto a Néstor Diletante, que no es poco. En verdad no he tenido el placer de leer por completo las andanzas de este personaje por los prados del Señor, aunque sí he espigado algunos capítulos que me han prestado por aquí y por allá, en ayer y otrora. Mas como Dios me ha negado esta suerte, la que acepto sin pestañar, porque debe hacerse su voluntad y no la mía, no me ha negado la otra: de tener amigos esparcidos en los rincones por doquier. Y, gracias a uno de éstos, me ha llegado un envío del doctor don Gervasio Fernández Funes, que vive en Montevideo cerca del coqueto Miguelete, el libro Los Asesinos entre Nosotros, que son las memorias traducidas al castellano de Simón Wiesenthal, editado por Noguer, de Barcelona, en España. Lectura recomendable para todos aquellos que se dedican a estos estudios y mucho más para los que desean reírse un rato a costillas de un delirante.

Amistades que me hicieron mal y sin embargo las quiero

En la presentación de su libro, dice don Simón que ha estado en una docena de campos de concentración y que sólo sobrevivió por una serie de milagros. Los que en realidad no parecen ser tales, si se tiene en cuenta la promiscuidad en la que vivía Wiesental con los oficiales de la Schutz-Staffeln (SS), dado que como ingeniero diplomado ejerció importantes funciones durante cuatro años y dos meses al lado de los terribles nazis, los que, desde luego, sabían que don Simón era judío, todo lo cual resulta desde ya, más que un milagro, una maravilla sin abuela. Tal es el caso de su amistad con el ex oficial de la SS, Heinrich Guentheret, a quien en diciembre de 1965, es decir, 20 años después de guerra que involucra su martirio, lo invitó especialmente para el casamiento de su hija. Por este botón para la muestra, el lector se habrá dado cuenta que nos encontramos ante uno de los buenos y, que por tal hecho, debería ser simplemente descalificado de todo lo que dice en adelante. Conste además que a esto lo dice Wiesenthal y no quien esto escribe, que ya el lector lo puede haber calificado de nipo-nazi-facho-falanjo-peronacionalista. Y en una de esas, con tal etiqueta, se ha quedado corto el decidor.

Una vida maravillosa

Wiesenthal nació un 31 de diciembre de 1908. Y, aunque tenía a esa fecha madre y padre, fue su abuelo materno quien lo anotó en los registros, sin que medie explicación alguna del autor, el día 1° de enero de 1909. Así anduvo a las gambetas y agachadas por esta causa, hasta que la policía lo descubrió y fue acusado de haber adulterado tal fecha para evitar el servicio militar. Una falta muy grave ayer y hoy. Mas hete aquí que sobrevino el primer milagro: convenció a la severa policía polaca de que el culpable había sido su abuelo, el que no pudo ser llamado a atestiguar porque se había muerto. Y colorín colorado este cuento ha terminado.

En el almacén que tenía su padre, próspero comerciante, gustaba pasar las horas armando casitas y castillos con panecillos de azúcar, los que luego aquél recogía de la mesa, el suelo y el jergón del perro, aunque manoseados, pisoteados y babeados por el niñito, reintegrándolos a su caja para la venta a la confiada clientela del barrio. Es que don Simón quería ser arquitecto, por lo que luego se recibió de ingeniero, que es como decir que le gustaba el triciclo pero se hizo aviador. Y esto no fue por maldad, sino porque en los exámenes que le tomaron en la ciudad de Lwow, no pudo responder más de cuatro preguntas de las sesenta que le hicieron. Lo que quiere decir que era mejor que Sarmiento, que tenía 14 años y estaba en primer grado haciendo la “o” con un vaso, como nos cuenta en Recuerdos de Provincia (¿será por esto que lo llamaban Padre del Aula?). Decepcionado Simón ingreso a la universidad técnica de Praga, donde y desde luego, no había examen de ingreso y la única exigencia era llenar un formulario, cortarse las uñas y tener el certificado de la vacuna contra el coqueluche. Bueno: en verdad, a veces, todo no se puede. Y demos al hombre el mérito que tiene. Además, ¿para que tanta exigencia con un postulante a ingienería?

En la página 29 nos cuenta: “Pasé (en Praga, se entiende) los días más felices de mi vida. Era muy popular entre mis compañeros como estimulante polemista en reuniones estudiantiles y como brillante maestro de ceremonias en actividades sociales. Tenía excelente memoria para divertidas historias aderezadas con mímicas. Tenía también talento para la sátira. Mi humor era particularmente del gusto de mis amigos no judíos, a quienes encantaba la profundidad y la oculta ironía de mis historias. Cuando iba a pasar las vacaciones de Navidad y Pascua a mi casa, llevaba toda la noche en el tren con mis amigos, contando historias, y al llegar a casa, estaba tan ronco que no podía hablar.” Digan si no es un capullito de alelí. Se ve que de jovencito ya estaba practicando lo que después haría toda su vida: darle al macaneo sin asco.

Una misa milagrosa

Resulta que en 1941, los granujas ucranianos que ayudaban a las malvadas tropas alemanas entraron en Lwow (pero no dice por qué él no estaba estudiando en Praga). Entonces los ucranianos que estaban en la ciudad aprovecharon para hacer un progrom que duró tres días y tres noches. Al final habían asesinado unos 600 judíos de los cuales don Simón no recuerda el nombre de ninguno a pesar de ser sus vecinos y correligionarios. Más tarde él y otros 40 judíos, entre abogados, médicos, profesores e ingenieros, fueron apresados y llevados al patio de la prisión de Brigki. En el centro de aquella explanada había una mesa repleta de botellas de vodka, salchichas y zakusky (digamos entre nosotros: una picadita), más con fusiles y municiones. Y ahí nomás les ordenaron a los judíos de la arriada ponerse cara a la pared con las manos en la nuca.

Un ucraniano comenzó a disparar haciendo centro en la nuca de cada judío (justo donde tenían las manos). Cada dos disparos el verdugo interrumpía las ejecuciones y se iba a la mesa a beber vodka y darle al zakusky que parece estaba muy bueno. En el ínterin otro hombre le alcanzaba otro fusil recién cargado (¿qué fusiles usarían estos ucranianos en 1941 que cargaban dos tiros? ¿Acaso el arcabuz de Pizarro o el que llevaba Robinson Crusoe?). Otros ucranianos iban depositando a los judíos muertos en sus ataúdes. Y así los gritos y los disparos se fueron acercando a don Simón, quien recuerda que del miedo que tenía solamente miraba a la pared (pero veía todo lo que pasaba a su lado y a sus espaldas, lo que no deja de ser portentoso, pero no tanto si se sabe que fue un Elegido del Señor de Israel). Y cuando parece que le tocaba el turno a él, comenzó el tañido de las campanas de la iglesia llamando a misa vespertina. Entonces resonó una voz aguardentosa de uno de estos borrachines que dijo: ¡Basta! ¡Tenemos que ir a misa a comulgar” (lo que prueba, aunque él no lo diga, que don Simón por lo menos entendía el ucraniano). Parece mentira, pero los ucranianos, terribles asesinos y temulentos sin costura, no querían perderse la misa, ni la comunión (¿qué le dirían estos asesinos en la confesión al cura del pueblo?). Pero no es una mentira lector, es uno de los tantos milagros que le sucedieron a don Wiesenthal y él los cuenta con intrepidez haciéndome poner los pelos como un cepillo.

Después de esto parece que se quedó dormido en ese mismo lugar y no recuerda por cuanto tiempo (parece que la misa fue larga; y a la mortadela con queso de la picadita, ¿quién se la comió?). Hasta que la luz mortecina de una linterna le dio en la cara despertándolo. Se trataba de Bodnar, un polaco que había sido su capataz en una de sus obras y lo quería salvar. Entonces don Simón pidió que también ayudase a su amigo Gross (de los restantes judíos supuestamente vivos no dice nada) por tener a su madre viejita. Y Bodnar ideó un plan que consistía en darle un garrotazo a cada uno de estos dos y hacerlos pasar por espías rusos, para llevarlos luego al comisario ucraniano de la calle de la Academia. Y fue así que este polaco le dio semejante garrotazo a don Simón que lo dejó sin dientes y los labios como riñón partido. Pero en fin, así son los amigos, y agrego de metido no más: menos mal que era un amigo, porque de haber sido un conocido simplemente, le arranca la cabeza del palazo. El asunto fue que esa noche Wiesenthal estaba en su casa (que se ve los del progrom no la tocaron y a sus progenitores tampoco, porque su padre seguía con el próspero negocio), lo más campante, aunque reconoce que no pudo silbar por varios días. Un detalle importante. Gracias a la misa y a un ex empleado, don Simón había salvado su vida.

Comienza su ascenso de canillita a campeón

A fines de 1941, Wiesenthal fue remitido a un campo de trabajos forzados (lamentablemente no nos dice por qué). Era un taller de reparaciones de locomotoras del Ferrocarril del Este. El forzado trabajo que haría  don Simón, ponga y dele a sudar, consistía en pintar el águila alemana y la cruz gamada en las locomotoras capturadas a los rusos, tarea que hacía con gran primor según él lo dice con detalle y merecía las felicitaciones de los nazis. Estando en esto, un día muy frío, se le presentó su jefe, el nazi Heinrich Guentheret (el invitado al casamiento de su hija veinte años más tarde), y se compadeció de él porque tenía las manos azules por el frío por lo que el malvado le regaló sus guantes. Interrogado por Guentheret sobre dónde había estudiado tuvo miedo, porque él sabía de la envidia que los alemanes les tenían a los judíos por ser más inteligentes que ellos. Entonces don Simón mintió diciendo que lo había hecho en una escuela de comercio (complicados estos polacos: en una escuela de comercio en lugar de llevar los libros le enseñaban dibujo y pintura). Pero otro judío que estaba a su lado y preso como él, lo desmintió a los gritos diciéndole a Guentheret que Simón era ingeniero y que no le creyera nada porque todo lo que decía eran mentiras (aquí, lector, esto se merece, si usted me permite, un ¡Oh! y un ¡Huy!). Sorprendido el nazi le preguntó por qué le había mentido y si no sabía que ese era un delito muy grave en Alemania. Lleno de indignación Guentheret en lugar de mandarlo a la moledora de carne, lo ascendió a Técnico y Orientador. Por lo que aquí Wiesenthal consumó otro milagrito.

Cuenta don Wiesenthal que este nuevo cargo lo hizo gozar a de la más completa libertad “en aquel mar de locuras”. Y trabó amistad con los 50 oficiales SS que estaban a cargo de los talleres (aquí me largo otro ¡Oh! y un ¡Ayayai!), los que se comportaron siempre correctamente con los judíos y los polacos. También lo fue con el Superior Inspector Adolf Kohlrautz a cargo de aquel asentamiento maldito. Y fue tan grande aquella intimidad con Kohlrautz que le permitió a Wiesenthal tener en su escritorio dos pistolas cargadas, que había obtenido clandestinamente y de hecho robadas (¿para qué querría un hombre pacífico como Wiesenthal, un capullito de petunia, dos pistolas cargadas donde todos, supuestamente, eran amigos?). De esto se deduce que a don Simón le tocaron unos nazis macanudos, ¿o no? Aparte de que, como él mismo lo dice, tenía despacho privado y escritorio, mientras que los restantes pobrecitos judíos andaban a salto de mata, comiendo gambeta, muertos de frío y con un par de latigazos de yapa. ¿Otro milagro? Parece que sí, y ¿cuántos van? (Confieso: estoy por abandonar esto; pero no, seguiré, en honor a vosotros).

El cumpleaños del Führer

El día 20 de abril de 1943 se cumplía el 54° aniversario del nacimiento del Führer, que dice don Simón “fue día de sol y primavera”. Wiesenthal había salido temprano de la cama para terminar un enorme cartel que decía: “Wir lieben unseren Führer” (nosotros amamos a nuestro conductor). Relata que con anterioridad había pintado enormes cartelones con la cruz gamada para las celebraciones de las SS. Y estando en esta faena, cayó un oficial de apellido Dyga que, sin decir agua ni viene, tomó a Wiesenthal y otros judíos y los condujo a otro campo de concentración distante a tres kilómetros de aquellos talleres ferroviarios, donde él la estaba pasando pichichú con sus amigotes nazis.

El motivo de aquel cambio fue que, para conmemorar el cumpleaños del Führer, iban a ejecutar a 54 judíos. Esto es, uno por cada año de vida de Hitler (no me digan que esto no es original). En cuanto llegó al lugar pudo reconocer entre los judíos elegidos para inmolar, que eran todos científicos de primer nivel, catedráticos, abogados, médicos y todos los otros intelectuales que había en el campo (del que don Simón se le olvidó darnos el nombre). Una pesada lluvia caía en ese momento (lo que ya presagia otro milagro, porque a tres kilómetros de allí era un “día de sol y primavera”) sobre el tenebroso campo de ejecución. En el lugar se había cavado una zanja de 450 m de largo (para enterrar 54 judíos, de donde pueden ocurrir una de dos: o la zanja era demasiado larga o los judíos eran muy grandotes, porque le corresponderían más de 8 m para cada uno).

Los a ejecutar fueron puestos al borde de aquella cuneta horripilante, y don Wiesenthal vio al SS de nombre Kautzer (acababa de llegar y ya sabía el nombre del fusilador), ir matando de a uno a los judíos que caían en la fosa. Hasta que le llegó el turno a don Simón, que parece siempre era el último porque le había tocado el número 54, dado que pudo contar los 53 anteriores. Pero en ese preciso instante se sintió una voz férrea que gritó: “¡Wiesenthal!”, por lo que giró un poco su cabeza muy tímidamente; entonces la voz volvió a sonar: “¡Sí, usted,  Wiesenthal!” (lo que revele ya dos cosas: o que este alemán era un idiota redomado o que don Simón no nos dice la verdad; porque allí había, según sus dichos, una sola persona: él, esperando que lo faenen, y no 350, y justamente esta persona se llamaba Wiesenthal y no Pototo Mangiafiore). No habrán sonado las campanas, pero don Simón se salvó de la Huesuda Parca de nuevo. He aquí otro milagro.

Los 11.000.000

Es el cálculo que hace Wiesenthal de los que perecieron en el holocausto. Y no quiere saber nada con que hayan sido menos. Sí señor: 6 millones de judíos, 5 millones de yugoeslavos, rusos, polacos, checoslovacos, holandeses, franceses y muchos otros más. Sólo de niños dice que perecieron un millón reventándolos contra las paredes. Don Simón participó activamente en el proceso de Nüremberg. Sus testimonios fueron tomados al pie de la letra sin que ofreciera un solo documento. De este proceso salieron los linchamientos de los jerarcas del nazismo y otras condenas durísimas, como la de Rudolf Hess (que ya llevaba cinco años de prisión, incomunicado).

Una de cow boys para la muchachada ignara

En el campo de concentración de Lwow –dice afligido don Simón-, uno de los más perversos guardias de las SS, era conocido con el sobrenombre de Tom Mix, como el muchachito de las (añejas) películas del Far West, porque su pasatiempo favorito era montar a caballo, y disparar a los prisioneros.” Simón Wiesenthal tiene muchos testimonios, pero no conocía el nombre del artista que encarnaba a Tom Mix, así como se ve que tampoco conocía el nombre del alemán que hacía semejantes barbaridades. En fin, todo no se le puede pedir a un hombre que sufrió tanto y que hizo más milagros que el Pastor Jiménez en la cancha de Boca, ¿no le parece? Además este libro tiene su mérito: fue lectura obligatoria en Alemania.

Forma práctica de rellenar los hoyos de las bombas

Don Simón, aunque hombre sabio si lo hubo enantes, comenzó a entender los misterios que encierra la mente alemana después de la guerra. Antes parece que no. Y esto ocurrió cuando tuvo acceso a la correspondencia que los SS escribían a sus esposas. Por ejemplo, recuerda una carta en que un führer de las SS describía como tal cosa que una unidad bajo su mando había sido designada para rellenar el cráter abierto por una bomba rusa en Umán, cerca de Kiev, en Ucrania (¡qué bombita, madre mía!, ¿será como las de 15 toneladas que le tiraron los yanquis a los afganos para salvaguardar los Derechos Humanos?). Los matemáticos alemanes (¡mire el lector en la que andaban estos sinvergüenzas!) calcularon después de varias semanas, que los cuerpos de 1.500 judíos serían suficientes para rellenar semejante agujero.

Por este motivo, e inmediatamente, se ejecutaron 1.500 judíos, cuyos cadáveres fueron tapando el hoyo; después les colocaron tierra y una tela metálica por arriba. Así habría desaparecido el socavón. No haré hincapié en el lamentable antecedente de que la socava de don Simón jamás fue encontrada. No. Pero si me llama la atención de la frialdad en el relato, el cual se encuentra desprovisto de todo rasgo emotivo que haga notar la afectación espiritual  de quien haya presenciado, o simplemente conocido, semejante inhumanidad.

Pero en la primera carilla de esta carta (su letra fue sometida a un grafólogo de renombre y nos dijo que su autor no padecía ninguna patología mental), el SS le preguntaba a su esposa sobre las flores de su jardín con gran melancolía, prometiéndole que le conseguiría una empleada rusa para que le ayudase en los quehaceres domésticos.

Wiesenthal cita otra carta que vio, donde un SS le cuenta a su esposa cómo mataban a los niños recién nacidos en cautiverio, arrojándolos contra las paredes (¡qué no diría sobre esto la Carlotto que es Wiesenthal con polleras!) y, al cambiar de tema, el alemán le pregunta por su propio hijito que sabía estaba cursando un sarampión. Ahora digo yo, siempre puro metido, que hacer estas cosas es una barbaridad peor que la del canalla de Herodes. Pero imaginarlas, sin que jamás hayan existido, es digno de la psiquiatría, por lo que el dicente es poseedor de un mente extraviada, vaya saberse en qué vericuetos de su criminalidad.

Eichmann

“Pasé una semana en Nüremberg –cuenta don Wiesenthal-, leyendo día y noche (esto, ¿acaso sería parte de los trabajos forzados a los que fue sometido?, y, ¿cómo haría para conseguir libros en un campo de concentración?). Eichmann aparecía como jefe ejecutor de la máquina aniquiladora, que constantemente pedía grandes sumas (¿cómo sabía Simón que Eichmann pedía más y más dinero al gobierno central de Berlín, si él no salía de su barraca?), con el objeto de construir más cámaras de gas y crematorios y para financiar institutos de investigación especial (y a esto último, ¿cómo lo habrá conocido si no pasaba de su condición de recluso?), para estudiar los gases letales y sus métodos de ejecución.” Visto esto resulta que Eichmann era lo que yo pensaba: un majadero incurable. Todos los venenos, sólidos, líquidos y gaseosos vienen con una cartilla editada por su fabricante, con todos los efectos que produce en animales y vegetales, entonces, ¿qué andaba averiguando el alemán exterminador? Tenía que leer el prospecto solamente. O levantar el teléfono y hablar con el proveedor. Aunque habría sido más fácil hablar con la Cruz Roja internacional que la tenía a tiro de mata gatos. Y hablando de proveedores y de la Cruz Roja, recuerdo que en el proceso contra Ernst Zundel, llevado a cabo en Toronto, Canadá,  el 8 de enero de 1985, se ventiló el asunto de que el Zyclon-B (Z-B) que habrían usado los nazis para exterminar judíos fue provisto por los EE. UU. (la Dupont, su único fabricante), por lo menos hasta 1943. ¿Y la Cruz Roja no le avisó a los yanquis lo que estaban haciendo los nazis con semejante pesticida? No quiero pensar que los gringos les proveyeron el Zyclon-B y después los acusaron de asesinatos de lesa humanidad. Un negocio redondo.

El Doctor Menguele

“El nombre del Dr. Josef Menguele era conocido de cuantos estuvieron en Auschwitz y aún para los que no estuvieron allí. Millares de niños y adultos, tiene Menguele en la conciencia (…) Odiaba especialmente a los gitanos, tal vez porque parecía uno de ellos y por eso ordenó la muerte de millares” (no me digan que no es un buen motivo). En ninguna parte dice don Simón que haya conocido personalmente al doctor Menguele, luego habla por boca de un tercero con versión de segunda, o vaya a saber de qué mano. Y bien, así sigue toda esta parte sobre el supuesto galeno asesino, con versiones “de un hombre que me contó”; lo que “Hermann Langbein, escritor judío, que me contó una vez”; que “escuchó que había dado muerte a millares de niños mellizos por toda Europa (…) para cambiarle el color de sus ojos, de pardos a azules”; que escuchó decir que “Menguele era el SS perfecto, pero no cuenta cómo este nazi maldito cortaba la  churretera con té de barba de choclo. Le refirieron que le “sonreía a las muchachas bonitas mientras las enviaba a la muerte (…) y frente al crematorio de Aschwitz alguien lo oyó decir: Aquí los judíos entran por la puerta y salen por la chimenea”; etc. Y así sigue esta narración de historias chapuceras, cuyo autor las escribió porque es evidente que sus motivos tendrían. Lo grave en todo esto es que haya gente que se las haya creído y mucho más grave que exista gente que aún se las crea. Sin embargo estas declaraciones “que me contaron”; “yo no lo ví pero me dijeron”; “me lo manifestó una chica, cuyo nombre no recuerdo, que ella vio a Fulanita de Tal encadenada”; que “al lado del coso estaba un foso donde se quemaban los cadáveres y las llamas llegaban a catorce metros de altura”; “que una amiga le dijo que Merengadita de Cual había tenido un bebé y que los captores la rifaron en una partida de truco de hacha y tiza”; etc., me parece haberlo escuchado en alguna parte. No hace mucho. Ante un juez y un fiscal. Pero no me acuerdo a dónde. Disculpará el lector esta imprecisión de mi parte.

La aguja infalible

Reconozco que el título es muy raro pero, como verá el lector, es la que se deduce de la historia contada por don Simón en las pp. 227 y 228 de su memoria.

Dice que Ruth le contó una historia, pero él en realidad pensaba en otra cosa, que era en “una pequeña habitación gris oscura (digo yo de puro metido: ¿cuántas personas habrá que hayan visto en su vida una habitación pintada de gris oscuro?). La entrada está a la izquierda, la salida en el centro de la pared de atrás, y esa salida conduce directamente al crematorio de campo de concentración de Grossronsen, próximo a lo que era entonces Breslau y hoy es Wroclaw, en Polonia (palabras por las que pienso Wiesenthal fue un testigo ocular). En el escenario no hay nada más que una mesita con varias jeringas y unos pocos frascos llenos de un líquido incoloro, y una silla, no más que una (da la impresión que don Simón conocía bien el ambiente). Un ligero olor a carne quemada flotaba en el aire (¿los nazis estaban haciendo un asadito o estaban quemando gente?). Estamos en el año de 1944 y la hora puede ser cualquiera del día o de la noche (esto, para ser una acusación, es bien precisa, no me digan que no, porque lo narrado no es un chiste).”

Nosotros nos hallamos –dice Wisenthal- en la antecámara del crematorio de Grossronsen. No hay cámara de gas en este campo de concentración (aunque no sea de don Simón es ¡otro milagro!), y el crematorio es manejado por un ruso llamado Iván el Negro, porque el humo constante le dejó negras las manos y la cara (¡Santo Cielo! Aparte que este Iván no se bañaba nunca, parece que Wiesental lo conocía hasta por el apodo antes que por el olor, ¿cómo habrá hecho?). Iván tiene un aspecto terrible, pero pocos internados lo ven cuando están vivos (pero él estaba internado, vivo y lo vio). Cuando Iván se ocupa de ellos, la gente ya no le tiene más miedo (esto es humor negro puro). El lleva sus cenizas hasta una huerta vecina, donde son usadas como fertilizantes, en ella los guardias plantas verduras para la cocina del campo (de donde se deduce que estos nazis eran ecologistas). Sé de esto porque soy uno de los prisioneros que trabajaban en la huerta (de donde se deduce que don Simón de ingeniero pasó a pintor, y de allí, por ahora, a hortelano).

Ahora aparece un joven –sigue diciendo el sobreviviente del holocausto- en el centro de la sala (o sea que él estuvo allí, fue un espectador, ¿qué estaría haciendo el bueno de don Simón?). Sobre su uniforme de las SS, lleva una ropa blanca de médico (es decir: él lo vio). La mayoría de los prisioneros no conocían hasta aquel momento al joven doctor (pero parece que él sí lo conocía de antes, ¿tal vez de la huerta? ¡Wiesenthal conocía a todos! He aquí otro milagro), que era miembro del comité de recepción.

Cuando llegan los transportes de prisioneros, les es ordenado bajar la rampa y quedarse en posición de firmes frente a la mesa (nótese que Wiesental hace su narración como un espectador, ¿acaso no estaba entre los prisioneros?). El doctor sentado atrás de ella, mueve el índice para la derecha, vida, o para la izquierda, muerte (¿y don Simón a dónde estaría?, ¿acaso detrás del doctor?) Un SS va haciendo señales en una lista (Wiesenthal vio las señales y la lista). El doctor hace una segunda revisación en el despojo humano que tiene enfrente (seguro que él no era, porque cuando lo encontraron estaba gordo).”

¡Abra la boca! –cuenta que dijo el galeno alemán- ¡Más! Hace una señal de asentimiento con la cabeza. El prisionero vale algo: tres dientes de oro (parece que él los contó). El doctor marca una gran cruz negra en la frente del prisionero, con un grueso lápiz mojado (¡ni locos los nazis, tan apegados al oro y los dólares, iban a dejar escapar esos dientes!).

¡Abtreten! (salir de las filas). Todos los marcados tienen que registrarse en los escritorios del campo y los dientes de oro que poseen en la boca (él seguro que no porque su amigo, el polaco Bodnar, de un garrotazo se los extrajo sin anestesia dejándole la boca como una morcilla), son debidamente registrados. ¡Ya no les pertenecen, pero los SS les permiten usarlos mientras están vivos, porque ¿quién dijo que los SS eran inhumanos? (mire don Simón: esto si que es humor negro de pésimo gusto). No serían capaces nunca, de arrancar los dientes de oro de un hombre vivo (parece que su amigo, el polaco Bodnar, no pensaba lo mismo).

Puestas en fila las víctimas,  el doctor (dice don Simón más adelante que era de apellido Babor, es decir también lo conocía, así como su sobrenombre que era Herr Doktor, ¿cómo habrá hecho para conocer tal apellido y su mote?) llenaba una jeringa y le ordenaba a la persona a inmolar que se desnudase hasta la cintura. Hecho esto le indicaba que se sentase en la única silla que allí había. Simultáneamente dos SS tomaban al sujeto por ambos brazos y el médico le clavaba la aguja en el corazón inyectándole el líquido, que era ácido fenólico que mata instantáneamente (observe el lector que Wiesenthal conoce hasta el nombre del compuesto químico). Y el resto de los prisioneros que estaban en la cola esperando el turno para ser inyectados, ¿qué hacían? No. De esto don Simón no nos cuenta nada, por lo que supongo nada habrán hecho.

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Y bien señor lector: a esto yo no lo sigo más. Me duele la cabeza. Que lo siga otro si puede. Pero algo de fuerzas me quedan para darle un consejo a la muchachada de la Organización Wiesenthal que veo son muy jóvenes: hagan desaparecer este libro y eviten, como lo han hecho hasta ahora, que se reedite. Porque miren: no hay nada peor que avivar a la gilada, que después se vuelve contra. Bien, me dirán seguramente, pero ¿cómo hacemos para ocultar un libro escrito por nuestro fundador? ¡Ah, no, esa es harina de otro costal! Habrá que inventar algo. Total la gilada es capaz de manducarse un adoquín con mayonesa.

Mientras se les ocurre algo yo les aconsejaría que sigan insistiendo en que el General Perón era un nazi; que los peronistas son todos nazis; que los nacionalistas son lo peor de lo peor en este horripilante sentido; que el oro nazi robado a los judíos fue el financista de la Revolución NacionalJusticialista y que el oro nazi está enterrado en algún lugar de la Patagonia. En cambio el General Justo (el edificio del Colegio Militar de la Nación construido durante su presidencia es copia exacta de un cuartel de los SS, cosa que demostraré en breve con fotografías: una por una; lo sabrá a esto la Garré que se las da de bataclana), Lonardi, Rojas, el Gordo Codovila (enterrado en Moscú), Norteamérico Ghioldi, los hermanitos Frondizi, Santucho, Gorriarán Merlo, todos los Virreyes y ahora Kirchner con su fámula, no. Ellos fueron y son hombres y mujeres de la Democacacracia.